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Cuando la productividad nos vacía la vida

Sep 2
5 min read

Aún recuerdo la agenda saturada que tenía cuando era niña. Regresaba de la escuela y a hacer tarea sin distracción alguna. Comer rápido y correr a la clase de gimnasia, los jueves a clase de música, los viernes de danza y algún otro día las de natación. No había tiempo para ir a las fiestas infantiles porque no era correcto faltar a las actividades. Buenas calificaciones, disciplina deportiva, habilidades artísticas. Todo el kit que necesitaría para triunfar en la vida.



A los treinta no había triunfado en la vida pero sí tenía tatuada la idea de tener que ser productiva, disciplinada y de no dejar de avanzar y seguir avanzando aunque no tuviera claro hacia dónde se suponía que debía llegar. Como no podía quedarme atrás, leía los libros, escuchaba los podcast e instalaba apps que me permitiera ser mejor adulto y cuando me encontraba sin algo que hacer, simplemente sentía que estaba fracasando y el triunfo en la vida se alejaba de mi. Y luego la pregunta: ¿Para qué estoy haciendo todo esto?


Optimizar personas como si fueran fábricas


Los métodos que hoy llamamos productividad personal tienen su origen en las líneas de ensamblaje, donde la lógica de la eficiencia organizacional se trasladó, casi sin cuestionarse, al terreno íntimo de cómo vivimos nuestros días, sin importar si estamos en nuestra recamara, con nuestros hijos o amigos, haciendo ejercicio o comiendo.


Todo debe planearse, optimizarse, ser igual o mejor que lo que vemos que hacen los demás y nadie puede saber que nos desmoronamos lentamente por dentro. 


El problema de esta visión, por un lado, es que el cuerpo humano no es una máquina que rinde más cuanto más se le exige. Tenemos ritmos circadianos, necesidades de recuperación, límites cognitivos y, sobre todo, intereses, necesidades de conexión y autonomía y una identidad que se construye con cada decisión y cada experiencia vivida.


Time famine: el hambre que no saciamos


¿Te has preguntado cuánta hambre de tiempo tienes? Puedes hacer el experimento bloqueando tu calendario para hacer absolutamente nada por media hora y observar qué es lo que sientes cuando no estás haciendo nada. 


El término time famine, acuñado por Leslie A. Perlow, se refiere a la sensación crónica de tener demasiado que hacer y no contar con suficiente tiempo para hacerlo. Probablemente lo sientes una vez por semana por lo que no voy a profundizar. El problema de esta sensación es que, cuando sentimos que siempre vamos tarde, que siempre hay algo pendiente que hacer y que cualquier momento libre debería aprovecharse para no desperdiciar nuestro potencial, el tiempo deja de sentirse como un recurso disponible para experimentar y disfrutar la vida y empieza a sentirse como un monstruo que nos persigue y no nos deja en paz. 


Lo paradójico de esto es que con la disponibilidad tecnológica y digital presente en todos los aspectos de nuestra vida, deberíamos tener más tiempo libre para nosotros y nuestros intereses genuinos, pero cuanto más eficientes nos volvemos, mayor la expectativa de llenar el tiempo ganado con más tareas. Ya no se trata solamente de cuántas horas tenemos, sino de cuánto sentimos que deberíamos estar haciendo con ellas.


El reto para los que llenan sus horas con actividades que no les aportan y que solo restan energía física y mental, es que la sensación de vacío y frustración siempre llegará a tocar la puerta; y muchas veces no sabemos cómo recibirla porque hemos dejado de preguntarnos sobre lo que realmente nos interesa y sobre cómo nos gustarían que fueran nuestros días. 


De la cultura hustle al agotamiento identitario


El término hustle culture resume a la perfección todo esto. Con la digitalización, globalización y ahora, la IA, nos encontramos viviendo en una cultura que premia la productividad y deja a un lado los momentos de pausa que nos permiten tomar un respiro, disfrutar los pequeños detalles y reconectar con nosotros mismos y los que nos rodean. 


El burnout, un concepto que se ha vuelto bastante común, es otra de las consecuencias de nuestras exigencias autoimpuestas para optimizar cada momento de nuestros días, rutinas y relaciones. 


Si no lo sabías, hay un instrumento para medir el nivel de burnout (Maslach Burnout Inventory) y lo que me resulta interesante son las tres dimensiones que mide: agotamiento emocional (la sensación de estar emocionalmente sobrecargado o exhausto), despersonalización (distanciarte de lo que antes te importaba) y la reducción de la realización personal (dejar de reconocerte como alguien capaz o valioso). 


Si te das cuenta, estos son aspectos de nosotras mismas que no deberíamos permitir que se alteraran y muchos menos de forma crónica. Sin importar que el origen sea el trabajo u otras áreas de nuestra vida, esto tiene un impacto directo y negativo tanto en nuestra salud, como en nuestra sensación de plenitud. El burnout no solo es estar cansada, es empezar a no reconocerte. Descansar el fin de semana no resuelve el problema, el descanso puede reponer tu energía, pero no repone la identidad.


Nos hemos tatuado que entre más esfuerzo, mayor nuestro valor personal; relacionándolo a las expectativas sociales. No es que la productividad esté mal, lo malo es cuando la llevamos a cada rincón de nuestras vidas y dejamos fuera la flexibilidad, la espontaneidad, la creatividad, el espacio para fallar y aprender, y sobre todo, nos dejamos fuera a nosotras mismas.


La paradoja que nadie te cuenta


Más herramientas y más técnicas de optimización no se traducen linealmente en mayor bienestar ni en mejores resultados sostenidos (al menos no a nivel emocional). Muchas veces ocurre lo contrario cuando la obsesión por optimizar cada minuto comienza a reducir la calidad de nuestras emociones, nuestros pensamientos y nuestra capacidad de decidir con claridad qué es lo que realmente importa.


Definir metas, hacer planes y optimizar el tiempo es positivo y tiene muchas ventajas, el problema es cuando nos lo tomamos con excesiva rigidez. Al final del día no se trata de ser más productiva solo por que es lo que la sociedad premia, se trata de aclarar quién eres y qué clase de futuro resuena contigo a nivel emocional. Las actividades y los intereses más gratificantes en la vida salen a la luz cuando realmente nos abrimos a ellos y les damos una oportunidad de estar presentes en nuestras vidas. 


“La vida es un lienzo en blanco” puede ser una frase muy cliché pero eso no hace que le reste lo cierto. Si fuiste afortunada de nacer con la suficiente autonomía para tomar tus propias decisiones, entonces no hay nada que te detenga en tomar aquellas que te permitan explorar tus intereses y tu felicidad. 


Y recuerda que la vida no es un proyecto, ni un examen, ni una competencia. Es una oportunidad llena de posibilidades para ser feliz. Encuentra tus intereses, vive a partir de tus motores y sé productiva cuando realmente valga la pena serlo, cuando tu esfuerzo y tu disciplina te acerquen y te permitan vivir una vida que valga la pena para ti. 


Hoy ha cambiado mi concepto de "triunfar en la vida" y dentro de mi significado se encuentra el tener momentos vacíos, momentos donde no tengo nada productivo que hacer, donde puedo hacer lo que sea. Caminar descalza en el jardín, escuchar mis pensamientos, hornear un pastel porque se me antojó un postre. Esa falta aparente de productividad se traduce en momentos que dan paz, que permiten conectar contigo o con alguien más, que llenan de energía; y eso es una vida provechosa.


 
 
 

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