top of page

La trampa de la motivación

  • Writer: María Sánchez
    María Sánchez
  • 7 days ago
  • 4 min read

Si eres como yo, probablemente te has encontrado acostada en la cama, viendo la televisión, inmersa en tus pensamientos o perdiendo el tiempo en el teléfono a la espera de que te llegue la motivación para hacer algo: comenzar ese nuevo proyecto, hacer ejercicio, limpiar la casa o cualquier acción que necesite ese empuje o inspiración de nuestro interior. Y muchas veces el impulso nunca llega y silenciamos nuestra culpa prometiéndonos que mañana lo hacemos, o tal vez mejor el lunes.  


La realidad es que la motivación está un poco sobrevalorada, al menos en el sentido en el que muchas veces esperamos que nos llegue. Creemos que la energía nos va a llegar y ese será nuestro punto de partida, pero ¿qué pasa cuando ese momento rara vez llega, y cuando llega, no se queda mucho tiempo? 


Basar nuestras acciones en nuestra motivación no es solo ineficiente, es un error en cómo entendemos el funcionamiento de nuestra mente. La idea de que primero viene la motivación y luego la acción es intuitiva, pero incorrecta.  El cerebro no está diseñado para premiar nuestra intención, sino nuestro comportamiento. El sistema dopaminérgico, ese que libera dopamina y solemos asociar con placer y recompensa, no se activa de forma sostenida cuando pensamos en hacer algo, sino cuando empezamos a hacerlo o incluso cuando anticipamos el progreso de nuestra acción. Es decir, la motivación no es el motor que inicia el movimiento, es la consecuencia que se da cuando la acción ya comenzó.


Si empezamos a entenderlo de esta manera, todo cambia. Si la motivación es una respuesta biológica al avance, entonces esperar a sentirla antes de actuar es como esperar a estar en forma antes de ir al gimnasio. No tiene sentido y simplemente nuestro cerebro no opera de esta manera. Estudios en psicología conductual han demostrado consistentemente que la acción precede a la emoción mucho más de lo que la emoción precede a la acción. Lo que hacemos moldea cómo nos sentimos, no al revés.


Aquí es donde muchas veces nos quedamos atrapadas sin darnos cuenta. Creemos que la falta de motivación es una señal válida para no actuar, cuando en realidad es solo la ausencia de un estímulo conductual. No es que no queramos hacer las cosas, en la mayoría de los casos tenemos ganas de hacerlas, la cuestión es que no las empezamos a hacer y por tanto, no se activa nuestro sistema. Sin ese inicio, el cerebro no tiene razones para liberar los químicos que nos harán querer continuar con la acción.


Además, el cerebro tiene un sesgo natural hacia la conservación de energía. Desde una perspectiva evolutiva, esto tiene todo el sentido, gastar energía solo cuando es necesario aumentaba las probabilidades de supervivencia de nuestros antepasados. Sin embargo, en nuestra realidad actual, ese mismo mecanismo nos juega en contra. Cualquier tarea que implique esfuerzo cognitivo o físico es percibida como un costo para nuestro cerebro, y sin una señal clara de recompensa inmediata, optamos por la inercia. Esperar motivación en este contexto es, literalmente, esperar a que el cerebro ignore su propio diseño.


¿Qué hacemos entonces? Es simple y en algunos casos incómodo: debemos actuar primero. Esto no quiere decir que debemos iniciar con grandes cambios ni decisiones radicales, sino con movimientos mínimos, casi irrelevantes en apariencia, pero suficientes para romper la inercia y activar nuestro sistema de recompensa. Los recientes estudios sobre formación de hábitos y comportamiento han demostrado que incluso acciones pequeñas pueden desencadenar una cascada de retroalimentación positiva en nuestro cerebro. Un pequeño avance genera una pequeña recompensa, esta recompensa incrementa la probabilidad de repetir la conducta, y esa repetición empieza a construir lo que interpretamos como motivación.


La trampa de la motivación también tiene un componente psicológico más profundo. Nos permite externalizar la responsabilidad. ¿Cuántas veces hemos validado nuestra falta de acción con el pretexto de no sentirnos listos? Si dependemos de cómo nos sentimos para actuar, entonces no actuar nunca es realmente nuestra culpa, es culpa de nuestro estado interno y eso podemos justificarlo. Esto nos permite proteger nuestra identidad, pero sabotea nuestros resultados. En cambio, cuando aceptamos que la acción es independiente de la motivación, podemos recuperar el control y decidir hacer en lugar de esperar a querer hacerlo. 


Hay algo más que suele pasarse por alto cuando pensamos en nuestra motivación, y es que es inestable por naturaleza. Nuestra capacidad de sentir motivación está influenciada por sueño, alimentación, contexto, estrés, entorno social y cientos de variables más. Construir nuestra vida basada en algo tan volátil es construir sobre arena. La consistencia, en cambio, es la capacidad de actuar a pesar de esa variabilidad. Y esa capacidad se construye actuando diferente de forma repetida.


Podemos entenderlo como fuerza de voluntad pero a mi me gusta más verlo como estrategia. Entender que no necesito sentirme lista (o motivada) para empezar, necesito empezar para sentirme lista. Ya no me pregunto “¿cómo me motivo?”, sino “¿qué acción mínima puedo tomar ahora mismo sin negociar conmigo?”. Este es el punto de partida, no el momento en que te sientes listo, sino en el momento en que decides moverte, aún sin estar listo.


Empieza antes de querer. Empieza sin ganas. Empieza mal. Pero empieza.


¿Quieres leer más sobre el tema para empezar pequeño? Te recomiendo:

  • Atomic Habits — James Clear

  • Tiny Habits — BJ Fogg

 
 
 

Comments


bottom of page